miércoles, 21 de diciembre de 2011

Abrázame

Abrázame.
 -Y, cuando la lluvia llegue, sólo seremos dos almas perdidas que se reencontraron bajo la humedad de sus gotas; frágiles seres aferrados el uno al otro para no perderse de nuevo en la inmensidad del mundo.

Abrázame.
 -Y cuando la lluvia llegue, tu corazón latirá al compás del mío.

Y ya no habrá más miedo ni más silencio; más dudas ni más recuerdos.
-Sólo... forjaremos nuevos atardeceres y nuevas mañanas para poder contemplarlas.

Abrázame.
La lluvia cae.




martes, 20 de diciembre de 2011

De... cosas


"The Bad Artists Imitate, The Great Artists Steal" Banksy & Pablo Picasso.
 Visto en la web de Banksy.




Curiosidades: la mayoría de los visitantes del blog entran a él al buscar "Luis Royo" en Internet. Así que, el post "That image" es el más visitado, y supera brutalmente en números a cualquier otro. Ya véis, esa imagen de Luis Royo que puse en la entrada ha sido la que ha catapultado a la "fama" a la entrada, :D (Por si tenéis curiosidad, ésto es lo que muestran las estadísticas de visitas a las entradas).

Tengo que reconocer que conozco muy poco de la obra de Luis Royo. Claro, me sonaba el nombre, pero no había visto ningún dibujo suyo -o no sabía que lo era-, así que me puse a mirar por ahí. La verdad es que todo lo que salga de sus manos es una obra de arte, visto lo visto. Y, una curiosidad: ahora mismo no puedo acceder a luisroyo.com, al estar navegando a través de una conexión wifi "capada" (el proxy, que discrimina que no veas, ¬¬). Pero sí puedo acceder a otra web de Luis Royo, la que comparte con su hermano Rómulo Royo (royo-royo.com). De las imágenes de su sección de Descargas, la que más me gusta es la de Conceptions II. (A la derecha).

Las imágenes que os dejado tanto al principio de la entrada como aquí abajo son algunas con las que me he topado por ahi y que me han encantado, así que por aquí os las pongo, por si no las habíais visto.

"Write drunk; edit sober", Ernest Hemingway. Visto en el tumblr de Ladynere.


"The bad artists imitate, the great artists steal", traducido, es "Los malos artistas imitan, los grandes artistas roban".
"Write drunk; edit sober", traducido, es "Escribe borracho; edita sobrio".


lunes, 12 de diciembre de 2011

Tambores



Tambores. Tambores sonando, fuertes, altos, claros; con una vigorosidad, con una... poderosa cadencia que hablaba de otras épocas, que evocaban pensamientos y lugares antiguos, olvidados por la psique humana. Eran los primeros tambores que oía de sea manera, en directo, y los tocaban con fuerza, con precisión, con seguridad. Su sonido me atrapaba, como si hubieran tejido una poderosa tela de araña a mi alrededor en la que yo había caído sin ni siquiera darme cuenta. O como si se tratara de un hechizo poderoso, antiguo, sutil, que te envolvía en su abrazo hasta que finalmente estabas mirando, hipnotizado, hacia el frente, con los ojos fijos, sin poder moverlos, sintiéndote cautivado por ese momento mágico, único, irrepetible, grandioso.

Mirando hacia delante, disfrutando de la sensación de ese momento, viviéndolo intensamente; un momento que era un regalo inesperado que no habías esperado ni soñado encontrar. En una sala mediana de un teatro pequeño, modesto, con las luces del público apagadas, en la semioscuridad que producían los focos que alumbraban intensamente el escenario. Un escenario que era de madera; un escenario joven, pero intensamente utilizado. En él se encontraban las dos figuras algo menudas, masculinas, una al lado de la otra, tocando unos tambores que no parecían simples tambores, una música de la que no puedo recordar el nombre, pero que parecía tan vieja como la misma tierra, como la misma humanidad.

Sincronizados al unísono, sin fallos apreciables, alternándose uno y después el otro, los dos tambores hablaban a la multitud con su cadencia poderosa, sublime, llena de altos y bajos, de momentos tranquilos, casi reverenciales, que te hacían esperar algo más, te preparaban para ese clímax inexplicable, para ese mágico instante en el que volabas hacia otros lugares, en el que la música te transportaba en sus alas hacia paisajes en los que nunca habías soñado o anhelado. Esos momentos tranquilos, casi reverenciales, te preparaban para ese volátil segundo en el que el corazón se te salía del pecho mientras duraba la sucesión de golpes fuertes, que después de un tiempo acababan para dar paso de nuevo a la cadencia baja, a los sonidos leves medidos hasta el extremo... Esos sonidos leves, que te hacían anhelar otra vez esa cadencia rápida, alta, fuerte, de una manera casi ansiosa, medio desesperada, medio...

Y te encontrabas mirando hacia el frente, hacia el escenario, con ganas de que se volviera a alzar esos sonidos altos que hacían rebotar los parches de los tambores; esos sonidos con energía, tan vitales, fuertes, altos, que tu corazón parecía enmudecer, que tu mente se quedaba en blanco; sólo funcionaban tus oídos y tu mente, todos los demás sentidos embargados y aletargados, relegados a un lado, no importando en ese sublime momento.

La música, los redobles de los tambores, nos tenían a casi todos maravillados. La gente, ―antes parlanchina y habladora, que se revolvía en ocasiones en sus asientos y aplaudía cuando no debía; ignorante de si la canción que se tocaba había terminado o no―, había enmudecido en su mayor parte, respetando casi en su totalidad aquel instante, como hechizados también de algún modo extraño y magnífico. Sólo los niños se oían de fondo en algunos pequeños momentos, durante unos casi ínfimos segundos, ―pero segundos que rompían la armonía de la música, segundos que ahogaban las notas primitivas de los tambores, enmudeciéndolos sin conmiseración ninguna hacia nosotros, pobres espectadores que perdíamos esos pequeños instantes de música. Segundos ajenos a la magia que vibraba en el aire, casi tangible― todavía corriendo de un lado para otro en la parte de atrás, final, de la sala, donde las butacas habían acabado dejando paso al par de hileras de sillas más sencillas, más simples, más alejadas del escenario donde se producía la magia. Sólo los niños correteaban de un lado para otro y reían en ocasiones, ajenos a todo, perdidos en sus juegos de infancia.

En la penumbra del pasillo de la pared derecha de la sala, más cerca del escenario que al principio, pero más alejada que justo unos instantes antes, yo retrasaba mi marcha de aquel lugar esperando a la conclusión del redoble de los tambores, pero no siendo consciente en realidad de aquello tenía un final, uno que llegaría más pronto que tarde. Estaba extasiada con la música, con el redoble de los tambores, con la fuerza con la que esas baquetas de madera golpeaban su superficie, transportándome, mientras soltaban sus sonidos fuertes, altos, enérgicos, a otras épocas; evocándome casi imágenes, pensamientos que corrían por mi mente –deslizándose fuera de mi alcance al segundo siguiente–, mientras miraba fascinada cual pajarillo inocente, indefenso, atrapado por los ojos del cazador hábil, que jugaba con él antes de permitirle la libertad y soltarlo de nuevo, asegurándose en el proceso, sin embargo, de dejarle una marca imborrable en el alma.

Me evocaban imágenes, sí; pensamientos de otras épocas; sensaciones que se enredaban en mi corazón y en mi alma, rozando la superficie ―la superficie de mis profundidades, ésas profundidades ocultas, inaccesibles; la superficie de mis secretos más largamente ocultados, ignorados a sabiendas―, pero con sus zarcillos elaborados de espirales de humo y niebla intangibles profundizando por debajo de la piel externa, enredándose, incrustándose más profundo, dejando huella, dejando sensaciones huidizas que se escapaban de mi alma y de mi mente como se escapa el agua fresca, límpida de un río, entre los dedos. Y escapaban, sí, igual que lo hacía esa agua, esa realidad primitiva, bella, que no puede ser contenida, no puede ser dominada totalmente, sólo admirada desde cerca o desde lejos con profunda reverencia, sabiendo que permanecerá por mucho más tiempo que cualquier criatura mortal.

Era algo que parecía no haber conocido un principio y que no conocería un final, que no había nacido ni que nunca moriría, algo que se había acercado a la humanidad y que los hombres habíamos intentado hacer nuestro desde el respeto, desde el sobrecogimiento, la reverencia, la profunda admiración, pero era algo que tenía más poder, más fuerza, más vida, de alguna forma, que cualquiera de nosotros, que todos nosotros juntos.

Era un música, unos redobles de tambores, que me evocaban otras épocas, sensaciones y casi imágenes de cuando la humanidad era joven, de cuando por las noches los humanos nos escondíamos y acurrucábamos al lado del fuego, temerosos de lo que había más allá de la seguridad de la luz de las llamas; temerosos de la naturaleza primitiva, salvaje, bella, sabia, compleja en todos sus matices, que nosotros no éramos capaces de comprender. Me evocaba casi imágenes formadas, con cuerpo, de esos momentos pasados, con la luz del fuego brillando, iluminando hasta donde podía, y la certeza que anidaba en nuestros corazones de que los lobos y otras criaturas esperaban fuera de nuestro alcance, mirándonos con ojos brillantes en la oscuridad ―para ellos clara― de la noche. Mirándonos con un deje de curiosidad, de sorpresa, como si fueran ellos los padres y nosotros los niños, como si nos estuvieran viendo desarrollarnos y crecer delante de sus propios ojos, que brillaban con una sabiduría y una comprensión antiguas, sin límites...

Me recordaban al poder de la naturaleza, a la aparente sencillez con la que todos los seres vivos se mezclan en su hábitat natural y a la armonía que parece hallarse en ellos, en ese estado natural de las cosas, donde todo tiene su justificación, su porqué, donde los conceptos artificiales de bien y mal no existen; donde todo se desarrolla según unas pautas y con unos objetivos, y, sin embargo, a nadie se le escapa esa belleza intrínseca que se palpa en el ambiente. Me recordaban, a esa vida salvaje en comunión con la verdadera esencia de las cosas, con la verdadera esencia de quién y qué era cada uno, donde no había mentiras, no había negación de la realidad, donde sólo están aquellos que viven y aquellos que mueren, unidos, íntimamente enlazados, en un ciclo eterno.

Me recordaban otra época, en la que no éramos cazadores, no presas, sino ambas cosas, una época en la que vivir en comunión con la naturaleza no era una opción, era una realidad, y donde no era, desde luego, un estorbo, un inconveniente. Una en la que la fragancia de la naturaleza estaba impregnada en nuestros corazones y en nuestros ánimos, en nuestras almas; una en la que, fundamentalmente, los olores en su mayoría putrefactos del “desarrollo”, del avance a cualquier coste, del egoísmo y el engaño, del individualismo desbordante y despótico, no ahogaban o enterraban, bajo capas difícilmente alcanzables, a la verdadera naturaleza de las cosas.

Tambores. El sonido de tambores. Era magnífico, sublime, precioso. Era algo que escapaba a la compresión ―racional― de las cosas, algo que sólo podías esperar experimentar alguna vez en todo su esplendor, algo que no podías poner en palabras de la forma exacta, que no podías expresar aun alcanzando su esencia, aun llegando a rozar el mismo núcleo de su ser. Era salvaje, pero no en el sentido de brutal, de daño, de falta de control, ―aunque sí quizá esto último, según de la forma en la que se mirara― sino que era salvaje en el sentido de que no podía ser domesticado, sometido, reprimido, maltratado, sojuzgado, y, de ningún modo, podía ser ignorado.


Y, en uno de esos instantes en los que la música, las notas, los acordes, como queráis decirles, como queráis entenderlos; en uno de esos momentos que no son más que segundos estirados hasta la casi eternidad, en uno de esos instantes en los que el retumbar de los tambores, en uno de esos momentos en los que las notas fuertes ―los sonidos― eran más altos, cuando alcanzaban el zénit de su poderío, de su grandeza, cuando tu corazón latía también desbocado, en una carrera sin meta, en un éxtasis sublime, poco racional pero altamente emocional; cuando te regodeabas en la fuerza de los tambores, en su maravillosa cadencia que te evocaba tantas cosas a las que difícilmente, escasamente, podías ponerles nombre; entonces, y sólo entonces, cuando tu alma, tu ser, cuando toda tu mente y tu corazón, cuando todo tú estaba, por fin, al fin de nuevo, en armonía, en sintonía con algo que era más, más que lo simplemente cotidiano, más que lo mundanamente racionalizado hasta la extuanuación, más simple y más complejo al mismo tiempo que cualquier otra cosa con la que te encuentras a diario, entonces, se terminó.

Callaron los tambores, haciéndose el silencio, la calma, con su magia tejida en delicados y finos hilos de bruma y sueño, de esperanzas y saberes largo tiempo olvidados todavía permaneciendo en el espacio cerrado, en el aire de la sala de aquel teatro, durante unos cuantos instantes más, como no queriendo del todo marcharse sin dejar ese regusto de añoranza, de pérdida jubilosa; ese regusto tenue, volátil, efímero, que provenía de haber presenciado aquel espéctaculo sin igual, tan sorprendentemente inesperado como sublimemente precioso, único.

Callaron los tambores, haciéndose el silencio, la calma; una calma, un silencio, que no hubieras sabido tú, espectador de segunda, que atiendes a estas palabras y crees, sientes, haber estado allí al igual que estuve yo y todas aquellas otras personas, pero que en verdad entiendes y sientes aquella realidad a través de otro ―que atiendes, por tanto, a mi realidad y no a la realidad, si es que realmente hay alguna realidad absoluta y existe algo más que matices de gris y sombras de objetos que directamente no vemos―; tú, testigo de oídas, al igual que yo, no habrías sabido decir con certeza ―¡con la más mínima certeza, de hecho!―, de si era ciertamente bienvenido aquel silencio repentino, totalmente inesperado, o no.

Pero ―y siempre hay un pero―, aún quedaba, en lo profundo de cada uno, en esa fibra casi inalcanzable de forma consciente, el marcado recuerdo de aquellos sonidos, las notas estridentes por su manera de revolverlo todo, de cambiarlo todo en un abrir y cerrar de ojos, en un parpadeo; en esa fibra, aún quedaba, sin lugar a dudas, la impresión imborrable de aquellos instantes, aquel paréntesis imprevisto cargado de emociones y de descubrimientos, de sensaciones y de pensamientos, que habían girado sobre sí mismos en un ciclo infinito, en un infinito cíclico, hasta que se descubrió que, efectivamente, la serpiente había mordido al fin su cola, que siempre la serpiente mordió la cola, y que siempre, inevitablemente, la morderá.

Enmudecieron, y todo pareció seguir su curso de nuevo, y pareció retomarse la vida y volver a ponerse en marcha el reloj del tiempo, indiscutiblemente parado durante aquellos segundos no contabilizados que se habían escapado del reloj de arena, seguramente deslizándose por entre sus granos de fina y suave arenisca, eludiéndola para luego tentarnos a nosotros, pobres y simples mortales que olvidaron largo tiempo ha su origen y su propósito, que vagamos errantes por el mundo buscando las maravillas que con el tiempo hemos olvidado, por azar o por torpeza, o por simple y llana y ciega estupidez humana. Enmudecieron de golpe, dejándonos tambaleantes, medio agonizando de pérdida e incredulidad, puesto que nos habían hecho olvidar por completo todo; puesto que nos habían envuelto en su maraña de intrincados laberintos de los que no habíamos podido, ni querido, encontrar la salida ni la lógica que guardaban. Enmudecieron, pero, y siempre hay un pero, en nuestras profundidades semi-insodables, tambores. El sonido de tambores.
 

Citando a...

Stephenie Meyer

Un poco menos de un mes...
 
Entonces, ¿ése era el límite? Yo había disfrutado de una felicidad mayor que la de mucha gente. ¿Acaso había alguna ley natural que exigiera cantidades iguales de felicidad y desesperación en el mundo? ¿Es que mi alegría había desequilibrado la balanza? ¿Eran cuatro meses todo lo que tendría?


Isabella "Bella" Cullen, personaje, en el capítulo titulado "El futuro". "Amanecer", cuarto libro de la serie vampírica de la autora estadounidense. (Editorial Alfaguara, edición de 2008. Página 601.)

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Evolución/Involución de los personajes? Citas.



«De las mismas brumas de las que emergen los sueños y los destinos de los hombres, es de donde se forjan a los héroes legendarios que cambiarán el curso de la Historia que está por venir».


«Guárdate de la oscuridad que acecha en lo profundo de tu alma».





Éstas son las citas que tengo en mi documento de texto en el que voy escribiendo casi todo lo que me ronda por la cabeza sobre ese mundo imaginario mío llamado Theana. Casan muy bien con las historias que tengo en mente, y me gustan. Son como un recordatorio constante de hacia dónde se dirigen las cosas; de algún modo, una autoguía que evita que, a veces, desvirtúe en cierto modo aquellas historias que se van entrelezando unas con otras para formar la Historia principal. Una guía que me intenta recordar que no debo caer en tópicos como éstos. Que me recuerda que todos tenemos un lado oscuro, oculto, que rivaliza con la parte que dejamos ver al mundo. 

 Porque los malvados casi nunca son tan malos como señalamos,
y porque los buenos a menudo son los más desalmados de los desalmados. 

martes, 15 de noviembre de 2011

Música. Algunas canciones que llegan al alma

Hay veces que estás deprimido y necesitas algo que te anime. O que te ayude a dar rienda suelta a lo que llevas dentro. O, simplemente, hay ciertas canciones en ciertos momentos que te llegan al corazón, que las escuchas y dices "oh, ésa es mi canción", "ésa es, ésa me encanta".

Bien. Pues el otro día me terminé de ver algunos capítulos de la serie "Private Practice" ("Sin cita previa" en España, la echaba hacia tiempo Antena 3 pero luego sin dar más explicación dejaron de emitirla), de la cuarta temporada. Y más o menos al final del capítulo 16 y del capítulo 17 me encontré con dos canciones que no conocía y que me encantaron: "The Tide Pulls from the Moon", de William Fitzsimmons, y "Always Remember Me", de Ry Cuming.

No sabía qué canciones eran, hasta hoy que las he buscado en Google. Me he puesto a escucharlas por entero, y, simplemente: son geniales. Y, como muchas veces antes que éstas, he acabado al final escuchando "Little Girl" y "Shattered", ambas del ya desaparecido grupo Trading Yesterday (luego, si no me equivoco, pasaron a llamarse The Age of Information).


Videos en Youtube (tenéis los enlaces a las letras al final del post):

 William Fitzsimmons - "The Tide Pulls from the Moon



Ry Cuming -  "Always Remember Me"


Trading Yesterday - "Little Girl"





Trading Yesterday - "Shattered"



Letra de William Fitzsimmons - "The Tide Pulls from the Moon" aquí.
Letra de Ry Cuming - "Always Remember Me" aquí.
Letra de Trading Yesterday - "Little Girl" aquí.
Letra de Trading Yesterday - "Shattered" aquí.

viernes, 11 de noviembre de 2011

"Memorias de agua (Adelanto)", 11-11-11

Bueno, pues para celebrar este 11-11-11 (que fecha más chula ésta, ¿eh?. Y el próximo, 12-12-12...) he decidido publicar 11 (cómo no) obras mías y subirlas aquí, para que todos los que queráis podáis descargaros el archivo y leer los textos cuándo y cómo queráis. 

La licencia de la obra es de Creative Commons, en concreto la de "Reconocimiento-NoComercial 3.0 España", así que, entre otras cosas, sois libres de copiar, distribuir, y modificar el archivo a vuestro antojo, con las únicas condiciones de que no se puede hacer un uso comercial, y se debe reconocer mi autoría.

El archivo lo tengo subido a mi Dropbox, pero no os preocupéis que no hace falta cuenta de ese servicio para descargároslo ni nada, simplemente, ¡pinchad en el enlace! :D De momento sólo tengo el .pdf normal, sin adaptadarlo a los lectores electrónicos ni nada. Espero subir en cuanto pueda otro .pdf para 6 pulgadas, y algunos formatos de archivo más. Pero mientras tanto, os dejo aquí el link, y la captura de la portada:



:

Link a la versión .pdf (tamaño normal)
(Versión antigua, con errores)



Nota importante: hay una nueva versión de "Memorias de agua (Adelanto)", en la que están corregidos los errores que había en primera versión, además de que se han añadido algunos formatos nuevos (.odt y .doc). En la pestaña "Memorias de agua" de la parte superior del blog tenéis todos los datos actualizados y los nuevos links. 

Perdón por el retraso al actualizar esta entrada, se me había pasado. ¡Gracias a todos! :D

jueves, 10 de noviembre de 2011

El duelo (Segunda Parte)


And this is... THE END:


El motor de la furgoneta fue bajando de revoluciones poco a poco cuando fue frenando progresivamente, disminuyendo la velocidad, mientras se aproximaba casi a la salida de la zona industrial del polígono, una zona en su totalidad casi abandonada y de poca utilidad. Había una especie de altercado y tumulto de gente que iba de un lado para otro, destrozando violentamente el poco mobiliario urbano y las estructuras de los nichos industriales que aún quedaban en pie. De algún lugar a la derecha, en una calle paralela, se elevaba un humo negro. También estaban quemando contenedores de basura.

Alguien pareció reconocerle entre la multitud que había a mitad de la calzada, ya que se separó del grupo y se fue acercando al vehículo a medida que éste iba reduciendo su movimiento. Un muchacho joven, de unos veintipocos años, con una gorra roja hacia atrás en la cabeza y vestido con unas prendas oscuras, de sonrisa algo risueña y ojos negros chispeantes de agudeza se aproximó a la ventanilla del conductor, que éste bajó.

–Como ves, estamos aquí. Me he traído a algunos más de los previstos, pero todo está saliendo bien –informó, con tono inquisitorio, inspeccionando medio disimuladamente el interior del furgón.

–Bien, muy bien –contestó el conductor, en actitud visiblemente ahora algo más relajada–. Recuerda, quiero el menor número posible de amenazas potenciales. Nadie debe saber lo que realmente sucedió aquí esta noche.

El muchacho lo miró ahora directamente a los ojos, sin retroceder siquiera un milímetro ni alterarse por tono autoritario de la demanda del hombre de mortales ojos marrones que tenía delante. Al fin y al cabo, sabía con quién estaba tratando y la autoridad que él exigía, puesto que era una de las personas que conocían de primera mano su forma de hacer las cosas. No por nada era una de las personas de su círculo más cercano.

–Por supuesto –declaró sin variar casi la expresión de su cara–. De hecho, ninguno de los que están esta noche aquí sabe más de la cuenta. Para ellos, hemos venido a montar un poco de juerga y de descontrol por aquí. Que, casualmente, derivó en la quema de algunos contenedores, naves... Ya sabes.

Hizo un gesto con su mano derecha en el aire, como restándole importancia al asunto. Sin embargo, en ningún momento quitó la expresión indagadora de su rostro, no dejó de observar la cara de su interlocutor, como si quiera desmontarla pieza por pieza para resolver el puzzle que escondía detrás.

–Me alegro de que sea así. Entonces, si está todo, me voy.

–¿Debo considerar entonces que salió todo como habías previsto?

El hombre, de unos treinta y cinco años, curtido en más misiones y operaciones delicadas de las que podía siquiera recordar, lo miró de forma fija, sin contestar. El joven le mantuvo la mirada durante unos segundos, y, finalmente, sin que mediaran más palabras de por medio, asintió levemente, a modo de reconocimiento, y se dio media vuelta, hacia los altercados que ya se iban extendiendo por otras zonas de aquel lugar. Tendría que echarles un ojo de cerca a los incendios, no fuera a ser que se presentaran los bomberos allí porque se les había ido la mano con los fuegecillos.


* * * * * * * 


Metió la llave en la cerradura de la puerta de la calle, algo maltratada por las inclemencias de los años y del uso a veces no muy adecuado, que la habían ido dejando cada vez más desgastada, y que chirriaba últimamente al abrirse, como si ya estuviera pidiendo gritos un reemplazo. O al menos eso fue lo que pensó el hombre medio derrotado que la abrió, como si todo el peso del mundo cayera de nuevo sobre sus hombros cansados. Yo también desearía un reemplazo, reflexionó, abatido.

Subió por las escaleras del edificio, que olía algo a polvo, a humedad y que gritaba a gritos un abandono sistemático a través de los años. Un edificio que gritaba con todas sus fuerzas para no perder la poca dignidad que le restaba. Como yo mismo, pensó el hombre que subía por las escaleras. Igual que yo mismo.

Terminó de subir los escalones algo empinados, deslizándose por las sombras con suavidad, con cuidado, con una estudiada eficacia que era un perfecto reflejo de cómo había manejado la mayor parte de su vida. Entrenado para ser el mejor en su especialidad, rápido como el pensamiento, duro como el acero, pero el hombre que había subido por las escaleras de aquel edificio algo destartalado ya no era le mismo que había sido hacía sólo meses antes, antes de todo el infierno por el que había pasado.

Antes del infierno, del fallecimiento trágico de su única hija, antes de que se la arrebataran de su lado con la crueldad y la violencia de un asesinato por encargo cuyo único y principal objetivo era el silencio. Su silencio. Un silencio que debía pagarse con sangre y con dolor, porque no había sido lo suficientemente listo como para evitar verse envuelto en un asunto muy turbio, uno que implicaba a las más altas esferas del poder. Y ese mismo poder que le había pagado gustoso y con creces todos sus encargos anteriores, ahora le había arrebatado aquello que más quería en este mundo.

Y él era perfectamente culpable de su falta de previsión, de su incapacidad para reaccionar a tiempo, por no haber tejido una inmunidad y unas influencias lo suficientemente fuertes para que la mierda no lo golpeara cuando algún jefazo de los del más alto escalafón decidió que aquel asesino a sueldo que habían utilizado tantas veces antes para sus trabajitos había hecho ya demasiados encargos delicados, que había tenido acceso a demasiada información valiosa y de grandes repercusiones como para que fuera beneficioso que siguiera vivo.

Por un chivatazo a tiempo, había logrado salvarse. Pero no así su hija, que, cuando se había puesto de manifiesto que las maniobras para silenciarle a él no habían un tenido éxito inmediato y contundente, había pasado inmediatamente al ser el objetivo al que apuntaba la mirilla de todos los asesinos de la provincia, y probablemente, también de todo el Estado. Sí, cuando más necesarias habían sido sus habilidades había sido cuando más ineficaz se había mostrado, se lamentó furiosamente.

Entró en la que se había convertido en su casa desde todo aquel infierno. Cerró la puerta tras de sí, apoyándose en ella como si fuera su último salvavidas en medio del océano. Y luego, se acercó a su cama, que, con una manta azul bastante raída sobre la colcha de color blanco, ocupaba el espacio derecho de la primera habitación del piso, con su cabecero de madera robusta y de color claro pegado a la pared. Dejó sobre ella un bulto muy alargado y estrecho que iba envuelto en unos trapos desgastados, descoloridos por los años y el uso.

Un bulto que no era ni más ni menos que una espada envainada, llena de sangre, con la que había puesto fin al hombre que había asesinado a su hija.

Fue lentamente hasta la ventana de enfrente y contempló desde donde se encontraba la calle que se extendía dos pisos más abajo.

Era el primer día satisfactorio de su venganza.


(Enlace a la primera parte)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El duelo (Primera Parte)


Bueno, aquí os dejo el principio de mi relato corto titulado "El duelo". Y digo "principio" no porque no esté acabado (menos mal), sino porque, como me ha parecido  demasiado largo para ponerlo todo de golpe, lo pongo en dos partes. Las entradas entradas programadas, así que, mañana sin falta, el desenlace de la historia. ¿O era el principio de otra? :D


El duelo



Fuego. Ira. Dolor. Un instante que se convierte en una eternidad... Y, entonces, –todo– estalla. Un grito desgarrado de dolor, lleno de venganza. El mortal filo de una espada cayendo, descendiendo como si fuera el ángel verdugo que ha venido a imponer su propia justicia en la tierra. El sonido metálico de las espadas danzando en un baile de una belleza mortal y efímera, rápida como el pensamiento, letal. Un paso, dos hacia delante, un giro de muñeca, un mandoble vigoroso y fuerte; un contraataque veloz, y una herida que se abre, sangre.

Sangre oscura, dolor lacerante, y sentimientos descontrolados a flor de piel. Odio, asco, sed de revancha en el aire; ganas, ansias, de infligir sufrimiento. Regocijo amargo. Y el poder que fluye por las venas con el aleteo rápido de las pulsaciones cardiacas, de los corazones desbocados en una carrera sin freno. La percepción de poderío, de forzar el cuerpo al máximo, de la adrenalina corriendo por las venas, de sentirte vivo, más vivo que nunca. La escapatoria de poder descargar toda la rabia que consume la mente y el cuerpo en golpes poderosos, peligrosos. La impresión de ser, por un momento, un ser grandioso, invencible, intocable; de poder conseguir cualquier cosa imaginable.

Y, entonces, en ese momento de potencia sin restricción, sin barreras, se produce el cambio. Por fin, el tan esperado error garrafal. El que decide un combate igualado, el que delimita la frontera entre el victorioso, aquel que sale vencedor, y el vencido; entre el que vive y el que perece. Ése que muchas veces es sólo cuestión de simple suerte. Ése que parece nimio, poco importante, pero que marca definitivamente la diferencia. Una mala decisión en un momento poco propicio, tal vez un tropiezo o un traspiés infortunado, una súbita vacilación momentánea, y estás fuera de juego.

El cuerpo del guerrero caído en combate se desplomó como si fuera de pronto una marioneta a la que le habían cortado las cuerdas. La fuerza del golpe lo dejó tendido, desmadejado, sin vida, en el pavimento oscuro, húmedo y sucio, de la estrecha y sombría callejuela en la que había tenido lugar el encarnizado duelo sin cuartel.

–¡Hijo de puta! –exclamó lleno de cólera el vencedor. El tono impersonal y frío que habría querido utilizar se vio, sin embargo, teñido de una animadversión tan profunda y una repulsión tan completa que a duras penas se podían calificar de imparciales los piropos que salían de su boca. Ni por el tono, ni, por supuesto, por la forma–. Púdrete en el infierno de donde saliste, maldito cabrón.

Mientras decía estas crudas palabras intentaba controlar la desesperación que lo embargaba y la impotencia, la sensación de que aún habiéndose vengado, el vacío que corroía su alma seguía ahí, intacto, donde siempre. Un dolor en el corazón y en el alma. Decían que la venganza era un plato que se servía frío, pero él pensaba que, en realidad, lo que nadie decía era que la venganza en sí misma no cambiaba nada. No te hacía sentirte más capaz de controlar la furia, con menos dolor, no te quitaba el sufrimiento ni te hacía dormir por las noches, cuando no podías conciliar el sueño porque te martirizabas por no haber sido lo suficientemente atento para darte cuenta de que lo que estaba ocurriendo a tu alrededor con las personas a las que amabas. O de haber sido lo suficientemente rápido para poder reaccionar a tiempo y haber cambiado la situación.

No, eso la venganza no te lo daba. Si acaso, te daba la tranquilidad de saber que el capullo responsable de la muerte de tu familia y de tus seres queridos ya no volvería a caminar por este tenebroso mundo. Te daba la seguridad de que habías visto su muerte con tus propios ojos, que, incluso, tu habías sido el causante de ella, y que, por tanto, podías de algún modo decir que se había equilibrado la balanza. Pero eso era una idiotez, una ingenuidad, como una catedral.

¿Quién podría decir que eso te compensaba? ¿Lo hacía, realmente? ¿De algún modo especial y retorcido? No en realidad. A fin de cuentas, tú seguías habiendo perdido a personas que valorabas, que estimabas. Que pudieras decir: “al menos he hecho todo lo que he podido. Me he vengado”, no era la solución a tu problema interior. Eso no te quitaba la rabia, no te quitaba las ganas de autocastigarte por tu ceguera, por tu falta de intuición, de no haberte dado cuenta de que había cosas que sucedían a tu alrededor en las que no reparabas, que estaban ahí todo el tiempo pero que en las que tú no fuiste capaz de reparar ni una sola vez. No te impedía seguir autoflagelándote porque no te paraste a reflexionar por un instante, y a ver, y no sólo a mirar, simplemente. No, todo eso no te lo daba la venganza. Ni siquiera se acercaba.

La sensación de haber cumplido con el objetivo que te habías impuesto, aunque ése objetivo fuera quizá erróneo, fruto de la desesperación surgida del dolor profundo; la satisfacción de haber cobrado esa deuda que creías haber contraído por alguna estúpida razón, esa misma deuda que te corroía el alma y nublaba la razón, no eran suficientes. No lo eran. Ni ahora, ni nunca.

Con esos pensamientos agónicos se propuso a limpiar la zona de cualquier rastro en la zona que pudiera incriminarle en el asesinato que había cometido. Tapó primero el cuerpo magullado, golpeado, cortado y, ahora, sin cabeza, con unos cartones y algunas sábanas viejas que había detrás de unas bolsas de basura, cercanas al contenedor de la esquina de aquel callejón o recoveco de mala muerte, y se fue a por la garrafa de gasolina que guardaba en su furgoneta, aparcada a no más de dos manzanas del lugar del suceso.

Se alegró sobremanera de haber reconocido con anterioridad toda aquella zona poligonal llena de naves viejas y abandonadas, y de haberse asegurado de que las pocas cámaras de seguridad que había en algunas de las fachadas de los recintos estaban inservibles y no funcionaban. Y, también, de haber hecho algunos movimientos... vitales, para asegurarse de que, si finalmente tenía suerte en el acecho a su objetivo y conseguía atraerlo hacia donde quería y acorralarlo, nadie encontraría el cadáver demasiado pronto y empezaría a investigar. O, al menos, no hasta dentro del suficiente tiempo para que llevara a cabo lo que tenía que hacer.

Cuando regresó con la gasolina, introdujo el cuerpo en el contenedor, los cubrió a los dos con gasolina, introdujo parte de la basura en el interior, y sus prendas manchadas de sangre que previamente se había cambiado en la furgoneta, y le prendió fuego a todo.


To be continued... Tomorrow, :)


(Enlace a la segunda parte)

martes, 8 de noviembre de 2011

Manos de barro


Manos de barro


Unas manos manchadas de barro,
ajadas por el tiempo y por los años
la arcilla mojada van modelando.

Con su seguridad tranquila;
con su habilidad adquirida;
suavemente, con toques lentos y seguros;
cariñosamente, con direcciones enérgicas y suaves;
poco a poco, como un puzzle a medio construir
va tomando la forma que el artista le quiere imbuir.
 Gracias a la pericia de la mano fuerte
que por necesidad se encuentra presente
va desarrollando todo su potencial,
la masa informe, arcilla insustancial.

Textura rugosa; olor rico, penetrante,
que inunda todo, y es como abrigarte
en un manto de ternura y calidez apabullante.
La manera en la que se deslizan sus dedos, tan acertadamente.
La sensación de dedicación completa, tan afectuosamente
como una caricia delicada, tan adorante
que quita el aliento que a duras penas agarraste.

Tu fascinación completa
por las manos llenas de gracia, de un divino regalo.
Por manos ajadas por los años,
y llenas de moldeable, vivo barro.


lunes, 7 de noviembre de 2011

Sorteos de "El Temor de un Hombre Sabio" (Crónica del Asesino de Reyes, 2), de Patrick Rothfuss


"El Temor de un Hombre Sabio", Patrick Rothfuss. (Crónica del Asesino de Reyes 2). 
Editorial  Plaza y Janés.

Supongo que, a estas alturas, ya lo sabréis todos, excepto yo, claro. Pero por si por si queda algún otro despistado a parte de mí por ahí: con la salida de "El Temor de un Hombre Sabio" (la segunda parte de ese fabuloso primer libro de la Crónica del Asesino de Reyes que todavía no he leído pero que planeo hacer muy, muy pronto, I promise.) a primeros de este mes noviembre, no paran de sucederse los concursos para conseguir tal ansiado libro. 

Yo ya he participado en el que organizan Fantasymundo y la editorial Plaza&Janés, que, por si no lo sabíais, es un concurso internacional, así que aquí nadie tiene excusa para no ir a por él, :D El link a la noticia en Cyberdark es éste, y éste a la página en concreto del concurso.


Pero también hay otro concurso de "El Temor de un Hombre Sabio", en este caso en un blog (y mucho chulo que está, a propósito). Esta vez, sin embargo, es un concurso nacional para España. El blog en concreto se llama "Alas de Papel". Tenéis el enlace al post del concurso aquí, y al blog aquí. Sólo seguid las instrucciones y, ¡suerte! 


jueves, 3 de noviembre de 2011

Todo, menos tú... (y Safe Creative)

Casi no pude creerme cuando entré a principios de esta semana a mi cuenta de Safe Creative y vi ¡más de 1000 visitas! (Ahora me pone 1179, O.O) No sé cuánto será lo normal, pero, ufff, eso me parece muchísimo... Y lo bueno es que he probado a ver si mis visitas las cuenta, y parece que no. ¡¡Así que... 1179 visitas a mis obras en Safe Creative!! Eso es algo grande, :)

Aquí os dejo el último relato corto terminado. A ver si me pongo las pilas, y termino con ese espíritu del bosque que todavía sigue vagando sin un final cercano... 





Todo, menos tú


La luz del sol, sus rayos, entran por la ventana, atravesando los huecos de la persiana y acariciando mi rostro, despertándome al sentir su toque acalorado sobre mi piel. Me levanto de la cama, medio a regañadientes, sin querer desprenderme de los vestigios del día anterior, de la noche anterior. Me acerco a la ventana, a la persiana. Abro la una, y subo la otra. La madera chirría y gruñe, un poco.

El aire fresco de la mañana entra tímidamente. Mi mente es incapaz de despegarse del todo de la idea que ronda por sus confines (parcialmente inexplorados, no entendidos, que se escapan a la razón).

La cama Nuestra cama aún conserva el calor de tu cuerpo. La suavidad de las sábanas todavía, aún, me evoca la ternura de unas caricias, la comodidad de estar con tu persona amada, con tu alma gemela. Pero las sábanas no pueden abrazarme. Son incapaces de hacerlo, incapaces de abrazarme. La almohada, nuestra almohada, aún conserva tu olor, y todo mi ser todavía recuerda ―con total claridad― el tacto de tu cuerpo, la sensación increíble de piel contra piel. Mi boca ansía probar de nuevo tu sabor. Y el sabor de tu piel...

Más débiles, como si fueran el eco distorsionado de los de antes, pero aún me recorren los escalofríos mientras se escapa de entre mis labios tu nombre, susurrado suavemente de la forma en la que lo hacen los amantes, de forma muy parecida a cuando lo hacía en medio de esos momentos de pasión, y amor, y ternura.

Las horas van pasando, y mi inquietud, mi desasosiego, se va haciendo más grande, cada vez más. Hasta mis plantas languidecen sin tus atenciones. El agujero ―abismo― de mi alma se va agrandando. Mi corazón duele, parece doler, con cada latido, cada vez un poco más. Miro por la ventana, pero no veo nada, no soy capaz de ver nada. (Todo está en silencio, todo está tranquilo. Todo está como solía estar. Todo, menos tú.)








Miramos la vida pasar, pero no vemos la nuestra, si no la de los demás.

Anónimo.




* * *
Actualizado: Vale, probando de nuevo, sí que parece que se cuentan mis visitas... Uh. Se me ha chafado un poco la alegría, :(


martes, 18 de octubre de 2011

Traducciones e interpretaciones

Bueno, pues esta entrada es para quejarme un poco de cómo se hacen a veces las cosas en esto de la literatura y en la traducción de títulos y obras. Y es que últimamente lo he visto a menudo, y, cuando menos, me llama la atención la manía que parece haber a veces con esto de interpretar títulos y/o expresiones extranjeras como nos da la gana.

Es que esto ya es como lo de la palabra fashion en español que tantas veces he oído usar. Que aunque fashion en inglés signifique "moda" ―sustantivo, por cierto―, pues nada, que usamos y se oye por la calle decir eso de "esto es muy fashion". Que queda ridículo cuando te paras a pensar y caes en la cuenta de lo que realmente estás diciendo tal cual es "esto es muy moda". Pero claro, es que fashionable cuesta más de pronunciar, no es lo que se suele oír a los demás y bueno, supongo que queda menos chic.

 Vale, pues una vez que me he desahogado con eso (que oye, todos cometemos fallos, pero es que a la gente en general le da igual lo que dice y cómo lo dice, aunque le digas que lo hace mal y cómo se dice correctamente) vamos a por lo que iba desde el principio.

Es que hay veces que incluso un título distinto confunde, y puede llevar a error y equivocación. El caso es este: hay una trilogía relativamente nueva de una autora neozelandesa, Nalini Singh, que están ahora publicando en España, con la editorial Debolsillo. La serie es la de los Guild Hunters, ("El Gremio de los Cazadores" o parecido en español), que por ahora sólo está compuesta por cuatro libros, más las dos novelas cortas autoconclusivas. Pues yo, que me he leído los libros en inglés (con el diccionario al lado, claro) le eché un vistazo a los títulos en español que iban saliendo. Bien. Pues cuál fue mi sorpresa cuando me vi uno que no conocía (creía yo): "El ángel caído". 

Estaba navegando por la página oficial de la autora, ―que, por cierto, y como no suele ser muy habitual en autores de habla inglesa, tiene traducción de su página web en español― así que volví a la página web en inglés a ver qué título se correpondía con "El ángel caído". Y era, atentos: "Angels' blood". Ah, vale, duda solucionada. Pero, ¿"Angels' blood", la sangre de los ángeles, traducido como "El ángel caído", the fallen angel? A ver, lógica tiene, y, aunque no pienso decir nada más para no destripar nada de la trama del libro, quizá incluso "El ángel caído" es más acorde con todo lo que sucede durante la novela, e incluso, quizá un título mejor, más que "Angels' blood". Eso sí, si dejamos a parte el hecho de que, en realidad, debería ser "arcángel" y no "ángel": "El arcángel caído", no "El ángel caído". 

Y yo me pregunto: ¿el problema, en realidad, es que el autor no tiene derecho a que respeten el título original de sus obras? Es el que él eligió en su momento, por una serie de motivos que él creyó válidos. ¿Quiénes son los demás para cambiar así, a la ligera, los nombres?

Luego está, también, el caso del tercer libro de la serie: "Archangel's Consort". En español está publicado como "La dama del arcángel". Consort, traducido como dama. Que yo sepa, en español es perfectamente válido consorte. Y lo que es más importante: la palabra dama NO tiene las mismas implicaciones que la palabra consorte. Tu consorte tu marido, o tu mujer, depende del caso. Incluso, para a mí, la palabra consorte me evoca mucha más cosas relacionadas: tu consorte es tu compañero, tu amigo, tu alma gemela, tu amante, tu otra mitad, alguien con el que estás implicado hasta la médula, al que amas profundamente.

Pues todo eso tirado por la borda. Ale, así de fácil. ¿Cómo habrían traducido, me pregunto, "Archangel's Lady"? Eso sí es "La dama del arcángel". 

Y, así, muchos más casos, como ésa "cámara secreta" que no era "cámara de los secretos", que es distinto. (En la saga de Harry Potter, en el segundo libro, tradujeron "The chamber of secrets", literalmente la cámara de los secretos, por "La cámara secreta". Secreta. Pero, ¿ya no tenía secretos?)

Otros títulos, menos mal, se quedan tal cual, con su expresión original intacta, pero, eso sí, traducida. Como ese "Ce que le jour doit à la nuit" ("Lo que el día debe a la noche", traducción y título en español) de Yasmina Kadra que acabo de pillarme en la biblioteca pública. De momento, tan sólo habiendo leído la sinopsis, promete. Mucho. Dejando a parte polémicas de títulos e interpretaciones. Y traducciones.


Nalini Singh, "La dama del Arcángel"




Yasmina Khadra, "Lo que el día debe a la noche"









lunes, 10 de octubre de 2011

jueves, 8 de septiembre de 2011

La Leyenda de la Llorona

Bien, esto que voy a poneros aquí es una prueba más de cómo trabajan a veces las musas repartiendo la inspiración. Éste es un poema que tenía aparcado sin tocar desde que le puse el título y empecé a escribir las primeras líneas. Y de ahí era incapaz de pasar. ¡Pues bien! Acabo de terminarlo. Justo recién salido del horno. Así cuidado, que aún está calentito, ;) No sé si será por el hecho de que es la única de vez, de todas las que he intentado continuarlo y ponerle punto y final definitivo, en la que me pongo la canción de Mägo de Oz que me inspiró para empezar a crear este poema. Quizá era cuestión, simplemente, de poner el reproductor e escribiendo a la vez que oía la música. 

De cualquier manera: ¡aquí lo tenéis! Y, no sé si lo he dicho antes, pero se aceptan críticas de todo tipo aunque no sean para nada benevolentes, así que: ¡no sé a qué esperáis para empezar a comentar! ;)

 Recomiendo que escuchéis la canción en la que está inspirado el poema. Podéis hacerlo aquí (En Grooveshark. Yo le he dado a la primera canción que aparece), o aquí  (En Youtube). O, si lo preferís, podéis reproducir directamente la canción alojada en Youtube dándole al play del vídeo que encontraréis al final del poema. ¡Saludos!



Este poema está inspirado en la canción del mismo nombre del grupo Mägo de Oz, del álbum titulado “Gaia”.



La Leyenda de la Llorona 

Ay, ay, ahí está,
plantando cara hasta el final...
Y más allá.
Y más allá.
Ay, ay, si ahí está.
Ay, ay, ahí está.
Pero, ¿cuánto más tendrá que llorar
antes de que todos la oigamos cantar?
¿Cuánto más?
¿Cuánto más?

¡Ay, madre, ya siento los primeros rayos del Sol!
El aire destila amor,
¡la melodía de la tierra baila a tu son!
¡Los sentimientos están a flor de piel hoy,
y casi se siente en el aire tu alegría, tu calor!
Los árboles están en flor
toda la floresta destaca con su verdor
y los pájaros trinando con fiero fervor.
Se respira en el aire el sabor
de la felicidad,
¡de la bella naturaleza en su esplendor!
Ay, ay, aquí, aquí,
dejadme aquí vivir,
para siempre, que esto no tenga fin.

Dale, dale, rasga de la guitarra la cuerda
los ecos de la música en todo el valle y más allá resuenan.
Dale, dale, que esto no tenga fin,
que la música suene, que hoy no hay dolor aquí.

Los árboles están en flor
toda la floresta destaca con su verdor
y los pájaros trinando con fiero fervor.
Se respira en el aire el sabor
de la felicidad,
¡de la bella naturaleza en su esplendor!

Y puedo sentir la alegría del vivir,
¿notas la vibración que hay aquí?
¡de la magia este es el latir!
Y veo, en el reflejo de la llama
los secretos que antes tanto se cultivaban
y celosamente se guardaban.

Que no importan de las cosas los nombres,
que no importa las cosas mundanas de los hombres.
Que el secreto es sentir el latir
de la naturaleza.
Que el secreto es saber convivir
con ella.

¿Has oído hoy el latir de la tierra?
¿Has oído la música que canta la naturaleza?
Escúchala, escúchala,
sólo abre los ojos y ahí estará.
Esperando por ti,
de otro modo enseñándote a vivir.
¿No oyes el sonido de la cuerda vibrar?
¿No has oído a la tierra, a la naturaleza,
cantar?

¡Ay, ay, mírala, mírala!
Tan bella, tan maravillosamente alegre,
¿no te sale una sonrisa grande?
¡Mírala, mírala!
¿Quién dijo que no tenía vida?
¿Quién dijo que no veía, que no sentía?

¿Has oído hoy el latir de la tierra?
¿Has oído la música que canta la naturaleza?
Los árboles están en flor
toda la floresta destaca con su verdor
y los pájaros trinando con fiero fervor.

Ay, ay, ahí está,
plantando cara hasta el final
y más allá.
Ay, ay, ahí está.
Pero, ¿cuánto más tendrá que llorar
antes de que todos la oigamos cantar?
Ay, ay, mírala,
ahí, tan bella,
tan maravillosamente alegre,
¿no te sale una sonrisa grande?

Ay, ay.
Dejadme ahora aquí vivir.
¡Para siempre! ¡Que esto no tenga fin!
No me llevéis allí.
Dejadme aquí, aquí.
Quiero vivir siempre así...

¿No oyes su latir?