lunes, 30 de enero de 2012

Y luego preguntan

El polvo se acumula en las estanterías. Es uno más del decorado, y le añade el toque preciso de tristeza, de nostalgia. Marca inequívoca del paso del tiempo, del abandono, de la soledad a la que han estado sometidos los libros, que suspiran, nostálgicos, en sus cárceles de pulida madera. 

Relegados al cuasi-olvido, han pasado a languidecer en sus estantes, ávidos de manos nuevas que los cojan, que los descubran; de gentes nuevas que abran sus páginas y disfruten con la lectura de sus letras, de sus intrigas y conspiraciones largamente elaboradas, de sus tramas que dan mil giros por ciudades inexploradas de callejeros incompletos y sin sentido que marean, aburren y hasta enloquecen al lector, y que fueron a la par delicia y tortura sadomasoquista del incomprendido –cómo no– autor que les dio vida. 

Volúmenes expectantes de atrapar entre sus sórdidos tejemanejes a los inocentes que se asomen a sus dimensiones por tanto tiempo negadas; cuyos enredos sutiles y previsibles líos pueden acabar en la más lúgubre, sucia, y poco recomendable calleja, entre las aguas fecales y otras inmudicias y porquerías flotantes, donde descansa, –lleno de una considerable cantidad de merde, vamos a ser claros–, el último héroe de la humanidad –pobrecito–, traicionado por sus amigos y despreciado por sus enemigos, asesinado finalmente de forma casual en una vulgar pelea callejera entre dos tipos puestos hasta las cejas de drogas, y con un inconfundible tufo a alcohol que podría abocar a medio vecindario a dar arcadas. 

O atropellado por el autobús de línea y arrojado a aquel oscuro rincón donde ni las ratas pasean, para que el chófer pueda seguir teniendo su empleo y sueldo de mierda, y para que pueda seguir yendo todos los días a casa con el pan bajo el brazo y sonrisa maníaca en la cara, a gritar sin medida a sus hijos porque no le han tratado con el debido respeto que su señoría merece, y a pegar cobardemente a su mujer porque la sopa estaba demasiado fría, o demasiado caliente.

O, por qué no, finales que acaban en el más chic de todos los sitios del mundo mundial, entre la crème de la crème de la alta y distinguida y maloliente alta sociedad, donde los complots proliferan como el moho lo hace entre las páginas y encuadernaciones de esos libros abandonados, relegados, dolorosamente olvidados en la cerrada habitación de un piso inhabitado, donde la humedad y la desidia avanzan con pasos de gigante a reclamar sus tesoros desprotegidos y desamparados. Finales de aparentemente cuento de hadas, donde los malos acaban siendo vencidos por los buenos en una lucha sin cuartel donde el héroe sufrió, sí, pero consiguió a la chica. O salvó el mundo. O al presidente de los Estados Unidos. Lástima que también fuera un demonio camuflado en el cuerpo de un hombre.

Pero los libros, mientras, languidecen. Entre polvo, mugre y soledad; entre oscuridad, humedad y termitas comedoras de celulosa, sus páginas se van desgastando, rompiendo, amarilleando; sin nadie que los cuide, que los mime, que destape sus tapas y cubiertas y que disfrute sumergiéndose entre sus líneas de tinta perecedera y sentimientos eternos, o que los aborrezca hasta tal punto de los que castigue al rincón más alejado de la pequeña biblioteca, entre otros libros olvidados y relegados, castigados al impuesto retiro, odiados o injustamente incomprendidos, o cierta y sublimemente penosos, insufribles tochos de papel brutalmente malgastado, que más provechosamente se pudiera haber usado para limpiar las partes pudendus de alguien.

Libros. Pudriéndose en los estantes. Por el moho y la falta de cuidado. Por la ignorancia y ceguera de los hombres, que han dado la espalda a la sabiduría y al conocimiento. A la cultura. A cultivar el espíritu y engrandecer el alma.

Y luego se preguntan por qué la violencia se expande como una plaga entre la humanidad.

Libros. Pudriéndose en los estantes. En la calle, disparos.

Mil esquirlas de cristal vuelan en un segundo por los aires, en la habitación de los libros. La bala, veloz cual rayo, se incrusta en el lomo de un libro. Lo parte en dos. Se queda alojada firmemente en la pared. Cae el libro, y vuelan hojas de papel rotas por los aires. Se ve, por un momento, claramente la tinta negra que da forma a las palabras impresas en la hoja. Podrían leerse. Si alguien estuviera mirando.

Cae el libro, y el sonido parece reverberar por un instante dentro de la mini-biblioteca abandonada. Se hace el silencio de nuevo. Un silencio que se parece al de una película de terror. Se palpa la tensión, casi. No se oyen más disparos. Hay una quietud extraña. Han muerto las palabras, sofocadas por el ruido de las balas. Los libros parecen estremecerse por un instante. Se remueven, casi. Inquietos.

Han perdido la batalla. Y la guerra.

La lluvia entrará a partir de ahora por la rota ventana. Los cristales cubren el suelo, y la alfombra desgastada y roída. Son cristales que nadie limpiará. Entrará, como digo, la lluvia, y destruirá con su gotas de agua los libros, emborronando sus letras, haciéndolas permanentemente ilegibles. Entrará el viento, y, con el tiempo, acabará desgarrando los libros y sus hojas, arrancándolas. Se perderán.

En las estanterías: libros. En la habitación: libros. Solitarios.

Afuera: gente. Y violencia. E ignorancia y estupidez humanas.

Y luego preguntan si habrá un final feliz para esta historia.

(Libros. Pudriéndose en los estantes.)

Y luego, preguntan. Cuando ya no hay tiempo para la respuesta. Cuando la respuesta ya no importa, porque no queda tiempo para nada más. Nada más salvo ver el final.

Y. Luego. Preguntan.

Cuando. NO. QUEDA. TIEMPO.

¿Acaso quisieron saber cuál era la respuesta? Me pregunto yo.

Pero no queda nadie que pueda contestarme.

(Se quedaron afuera, pegando tiros.)



miércoles, 25 de enero de 2012

Colores en una gota de sal


En tu corazón, una gota de sal.
En el mío, azules azucenas de suaves pétalos.

Tus labios capturan delicadamente el rocío de la mañana;
los míos, quieren probar el sabor de los tuyos,
y atraparlos en la misma telaraña de sensualidad
con la que me tientas
y me cautivas a la par.

¡Colores!
Colores por doquier
en este cuadro sin pintor
y sin pincel que lo pinte
–y lo atesore–,
para el resto de la eternidad.

Colores,
pero yo sólo veo
los tuyos
y los de nadie más.


miércoles, 18 de enero de 2012

That boy, who doesn't know about pain...

Me he dado cuenta de que he publicado en el blog más relatos cortos que otra cosa, y como mis musas no sólo me hablan a veces de letras puras y duras, pues...





Me gustan los colores, *-* Y me encanta la frase... Aunque ahora al releerla me chirría un poco, :S

"That boy, who doesn't know about pain, is still crying for you because he lost you when he thought that you were his..."

Ahora me doy cuenta de que ese "that" del final ciertamente sobra, y quizá ese "who doesn't know about pain"... ¿Mejor como "who knows nothing about pain"? ¿Y coma después de "crying for you"? Ah, las correciones y los pensamientos tardíos... 

Pero, me sigue gustando, qué le vamos hacer. ¿Véis? Hay veces -la mayoría, diría yo- que soy demasiado parcial, porque claro, a fin de cuentas lo he hecho yo, :D Por eso, necesito críticas. De las que sean, en serio, pero, ¡criticadme! Si no, ¿cómo se puede llegar a ser de los mejores? XDDD 

;-)


"Ese chico, que no conoce el dolor, todavía está llorando por ti, porque te perdió cuando pensaba que eras suya"
 Ésa era, más o menos, la intención inicial.


P.D.: ¿Se nota que me aburría en clase, no? :D Ay, esa agenda... ¡Parece más un bloc de dibujo antes que una agenda de clase! Sobre todo al final, jijijiji. Qué pena que la de ahora no esté igual.