sábado, 30 de mayo de 2015

Collage "Fotos de Almansa"

Comparto por aquí también el collage que he subido hace unos minutos a Google+ y a Twitter. 

* * *

Me encanta la fotografía. Es una de mis aficiones, y disfruto cogiendo el móvil y haciendo fotos al paisaje, a las luces de una puesta de sol, a las flores, a los monumentos... Las personas, reconozco, no se me dan bien, y no me llaman tanto la atención. 

Y la aplicación de Google Fotos es una maravilla. Este collage lo acabo de hace unos minutos desde mi móvil, simplemente seleccionando esas imágenes y diciéndole que realizara un collage con ellas. A mi punto de vista es precioso, jejeje. Son todo fotos mías hechas en la zona de Almansa: se puede ver el Castillo, el Mugrón y el Pantano, entre todos.

La licencia es una Creative Commons. En concreto, es una licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 3.0. Así que sois libres de usar la imagen como os plazca, o casi =D

Collage "Fotos de Almansa", por Belén Cebrián Sánchez
(Disponible en Google Fotos, Licencia Creative Commons Reconocimiento-CompatirIgual 3.0)


viernes, 22 de mayo de 2015

Arena blanca


Música: Siempre el viento
Artista: José Luis Encinas


El murmullo de las olas es la música de fondo. El chocar del agua contra la costa, el frescor del aire, la suavidad de la arena mojada bajo unos pies descalzos. Todo en este paisaje es luminoso, cálido, agradable. Una brisa que revuelve el pelo y juega con los mechones rubios y brillantes, que bailan incansables una melodía volátil e inestable con el viento.

Unos labios suaves contra el cuello, una caricia dulce, pausada, y un aliento tenue exhalado contra la garganta. Un beso ligero en la barbilla, y una mejilla que se posa contra otra. Afecto, cariño, devoción: sentimientos que se posan en la pareja que permanece de pie a la orilla del mar. Un brazo que rodea la cintura de ella, y una mano que se posa sobre la de él. Una sonrisa feliz en ambos rostros, y dos pares de fijos en el océano.

Un océano que a veces, juguetón, golpea con más fuerza contra el litoral, levantando espuma y sorprendiendo con un sabor salado que inunda los sentidos. Un océano de color azul oscuro, y uno que sigue meciéndose contra la playa blanca, como queriendo también amarla a su manera...

"Bay of Fires Beach", por Mark Wassel (Visto en Flickr,
Licencia CC Reconocimiento-NoComercial-SinObras Derivadas 2.0 Genérica)


miércoles, 20 de mayo de 2015

ELLA

Se iba escondiendo entre la lluvia.

Medía el sonido de sus pasos. No demasiado lento, no demasiado deprisa.

Perseguía una quimera volátil de cabello rojo, sonrisa misteriosa y ojos marrones. Era ELLA, sólo que ninguno de los dos lo sabía aún...


"Day 210", por Makena Zayle Gadient (Visto en Flickr,
Licencia CC Reconocimiento-NoComercial-SinObrasDerivadas 2.0)

lunes, 18 de mayo de 2015

El poder civilizador de la (lectura) cultura


Hoy me he pasado por la web de la Revista Babar, donde siempre hay artículos muy buenos sobre literatura, además de anuncios sobre muchos premios literarios que estén ya en marcha. Y me ha llamado la atención sobre todo este artículo de Miquel Rayó: "El poder civilizador de la lectura", que es una reproducción íntegra de una intervención del autor en el Festival Iberoamericano de literatura infantil y juvenil que se celebró en la Casa de América de Madrid, en octubre del año pasado.

En resumen, viene a decir lo que ya se expresa en el título: que la literatura civiliza a las personas. Pero no cualquier literatura, no, si no la que él llama literatura en libertad. Una literatura en libertad que dice es:

"Esa lectura que no suelen fomentar con todas las consecuencias los sistemas políticos organizados en los que, muy diversamente, se manifiesta la civilización."

Y no he podido evitar al leer el artículo acordarme de una charla TED titulada: "For more tolerance, we need more... tourism?" de Aziz Abu Sarah, un activista palestino que hablaba en la misma idea: que para ser más tolerantes, necesitamos más turismo. Sí, más turismo:

But it was then that I realized also that we have a wall of anger, of hatred and of ignorance that separates us. I decided that it doesn't matter what happens to me. What really matters is how I deal with it. And therefore, I decided to dedicate my life to bringing down the walls that separate people.
I do so through many ways. Tourism is one of them, but also media and education, and you might be wondering, really, can tourism change things? Can it bring down walls? Yes. Tourism is the best sustainable way to bring down those walls and to create a sustainable way of connecting with each other and creating friendships.

Que, es español, viene a decir:

Pero fue entonces que me di cuenta también de que tenemos un muro de ira, de odio e ignorancia que nos separa. Decidí que no importa lo que me pasa. Lo que realmente importa es cómo enfrento eso. Y por lo tanto, decidí dedicar mi vida a derribar los muros que separan a las personas.
Lo hago de muchas maneras. El turismo es una de ellas, pero también los medios y la educación, y puede que se pregunten, ¿el turismo puede cambiar las cosas? ¿Puede derribar muros? Sí. El turismo es la mejor forma sostenible para derribar esos muros y para crear una forma sostenible de conexión mutua y de forjar amistades.

Así que ya sabéis: ¡a leer!

sábado, 16 de mayo de 2015

Lluvia

El cristal estaba frío al tacto. Llevaba toda la tarde y casi toda la mañana lloviendo, lo raro habría sido que al posar la frente contra el cristal no le hubiera recorrido por la espalda el escalofrío que sintió.

No le molestaba. Al contrario, el frío le venía bien. En momentos como ese le gustaba sentir el frío duro y seco del invierno. Le hacía pararse a pensar, le aclaraba las ideas enmarañadas que revoloteaban por su mente. Ideas que, de repente cayó en la cuenta, eran la causa de que se encontrara irritable e inquieto.

Le gustaba oír llover. El suave ruido de las gotas al repiquetear contra suelo era mejor que ponerse música relajante. Era un bálsamo que le traía sosiego y paz a su espíritu. La lluvia le calmaba. Era como si fuera un obligado descanso mental, uno que obedecía de forma instintiva sin ni siquiera proponérselo.

Había gente a la que las tormentas la agobiaban. Gente que tenía pavor a los rayos y a los truenos, que se encogía cuando veía caer los relámpagos. Él no podía entenderlo. Para él la lluvia era un paréntesis en su vida, un momento de calma y tranquilidad, un momento para respirar hondo y encontrarse a gusto consigo mismo. Para él la lluvia era una amiga, no una enemiga a vencer.

Así que había escuchado cómo llovía, y se había parado en medio del pasillo, a medio camino de ir a algún sitio, y había apoyado la frente contra la ventana. El frío que irradiaba el cristal había entumecido su frente. Luego, su mejilla.

Las gotas de agua resbalaban por el vidrio suavemente, sin prisa. Seguía lloviendo, pero lo hacía como lo había hecho durante todo el día, de una forma sosegada, casi paciente. La lluvia no tenía prisa. Así que las gotas caían, pero se quedaban la mayoría como pegadas al cristal. El saliente del tejado lo resguardaba de que la lluvia corriera en rápidos regueros por su superficie, así que las gotas parecían inamovibles en sus posiciones, testigos quietos de esa tarde invierno.

Pero seguía lloviendo, y de repente una gota, a la que le había caído otra encima, se hizo demasiado pesada y grande, y resbaló. Resbaló tejiendo un surco cristalino que partió en dos la mojada superficie del cristal, rompiendo en un momento la estampa perfecta de gotas fijas.

Y seguía lloviendo. Con calma.

Abrió los ojos que había cerrado segundos, minutos antes. La calle, en penumbra, solitaria, reflejaba la tranquilidad que había en esos instantes en toda la ciudad. Llovía, así que no había prisa por ir a ningún lado. Llovía, así que a nadie le apetecía salir fuera, se estaba por el contrario mejor dentro, calentito.

Aunque, no estaba completamente sola la calle. Porque un barquito de papel giraba en ese momento la esquina, navegando orgullosamente erguido a pesar de la lluvia. Navegaba erguido, surcando con bravura los altibajos de la calle, de la acera. Navegaba con el desparpajo de un marinero experto, aunque por las apariencias no debía de ser más que un crío de siete añicos. Era gracioso verlo surcar ese río en miniatura que era la calle, siendo como era tan pequeño. Tan renacuajo.

"Menudo travieso", pensó. ¿A quién se le ocurriría salir a navegar con esta lluvia? Todo el mundo sabía que cuando llovía, uno se quedaba dentro, seco y calentito. "Pero a éste le da igual. Éste es un aventurero."

Y el chico de la ventana, el chico al que le gustaba la lluvia porque lo calmaba, sonrió.